jueves, 2 de junio de 2016

Fronteras simbólicas y atención psicosocial en las víctimas

Nuevos aportes para comprender la formación social de lo humano desde las víctimas

Moreno, M., & Díaz, M. (2015). Posturas en la atención psicosocial a víctimas del conflicto armado en Colombia. AGO.USB, 193-213.
Franco, A. (2016). Fronteras simbólicas entre expertos y víctimas de la guerra en Colombia. Rev. Antropol. Arqueol., 35-53.

Fronteras simbólicas entre expertos y víctimas de la guerra en Colombia:
·                    “Hasta agosto de 2015 se registraron en Colombia 7.265.159 personas afectadas por hechos victimizantes ocasionados en el marco del conflicto armado interno. Éstos incluyen abandono o despojo forzado de tierras, actos terroristas, atentados, combates, hostigamientos, delitos contra la libertad y la integridad sexual, desaparición forzada, desplazamiento, homicidio, secuestro, tortura, vinculación de niños, niñas y adolescentes al conflicto y daños por minas antipersonal, munición sin explotar y artefactos explosivos improvisados” (Franco, 2016, p. 37).
·                    Promulgación de la Ley 1448 de 2011, Ley de víctimas y de restitución de tierras, marco jurídico de atención, asistencia y reparación de víctimas del conflicto armado. “Artículo 2 busca reivindicar la dignidad humana y asumir la ciudadanía plena de las víctimas.” Artículo 135: “el conjunto de estrategias, planes, programas y acciones de carácter jurídico, médico, psicológico y social, dirigidos al restablecimiento de las condiciones físicas y psicosociales de las víctimas”  (Franco, 2016, p. 37).
·                    “Enfoque diferencial”, es decir, el reconocimiento de las características particulares de las poblaciones “en razón de su edad, género, orientación sexual, especificidades étnicas y culturales y situación de discapacidad”  (Franco, 2016, p. 38).
·                    “A partir de la pregunta por las formas socioculturalmente diferenciadas del sufrimiento social y de la reconstrucción de la cotidianidad, en este estudio se exploraron narrativas locales y translocales que permitieron entender la articulación entre dinámicas de poder expresadas en el territorio local y dinámicas políticas y culturales de mayor envergadura (Sahlins 1981, en Ortner 2006). A partir de esta estrategia metodológica, las voces de víctimas y funcionarios públicos locales y del Estado central convergieron durante los trabajos de campo que se adelantaron entre 2012 y 2014, en el casco urbano y algunos resguardos indígenas del municipio de Tumaco (Nariño); en la ciudad de Bogotá, D.C. y en la ciudad de Pasto (Nariño)” (Franco, 2016, p. 38)
·                    “Evidenció que las experiencias de sufrimiento de las víctimas estaban atravesadas por la acción de profesionales y actores burocráticos que, en varios de los casos, parecían neutralizar las prácticas de las personas, ya fuera en el marco de esperas interminables que dejaban en la incertidumbre “las indemnizaciones” o “el registro en el sistema”, de desencuentros semánticos entre víctimas y profesionales que imposibilitaban la realización de un trámite para acceder a unos derechos, o de la implementación de intervenciones que no se correspondían con las necesidades vividas localmente y que, por el contrario, acarreaban efectos adversos” (Franco, 2016, pp. 38-39).
·                    “La antropóloga brasilera Alcida Rita Ramos denomina a esto desencuentros semánticos: “un aspecto de las relaciones intensamente desiguales del campo interétnico que le dan forma a la comunicación imperfecta” (Ramos 2014, 8). De acuerdo con la autora, quien cita a la antropóloga japonesa Emiko Ohnuki-Tierney, el desencuentro semántico corresponde a “la falta de comunicación cuando no se comparte el mismo significado […] que puede ocurrir cuando los implicados no se dan cuenta de la falta de comunicación entre sí” (Ohnuki-Tierney 2002, 3, en Ramos 2014, 7)” (Franco, 2016, p. 42).
·                    “Dos fracturas recorren el rol profesional de este experto. La primera se vincula con la ausencia de “diálogo” entre las medidas estatales y “las necesidades reales de las personas”; y la segunda, con la carencia de un “objetivo común” y de coordinación entre las entidades del Estado” (Franco, 2016, p. 44).
·                    “El antropólogo [Herzfeld] define la indiferencia como “un rechazo a aquellos que son diferentes, una práctica selectiva instituida arbitrariamente, una negligencia benigna que produce una excusa moral para la inacción” (Herzfeld 1992, 33): la “chambonada” burocrática” (Franco, 2016, p. 46).
·                    “Cómo las fronteras epistémicas y sensibles se vinculan con una racionalidad no hábil para concebir formas particulares de ser persona, familia, niño, adulto, hombre o  mujer, ni para formular e implementar acciones públicas lo suficientemente sensibles frente a la alteridad. Esto ocurre no sólo porque se da por sentada una identidad compartida, sino porque se asume la legitimidad de unas formas de existencia sobre otras” (Franco, 2016, pp. 46-47).

Posturas en la atención psicosocial a víctimas del conflicto armado en Colombia:
           
   ·                    “Los efectos de la exposición a los hechos de violencia son tan variables como los sujetos que se han visto sometidos a dichas situaciones” (Moreno y Díaz, 2015, p. 194).
·                    “Todas las víctimas tienen el mismo derecho a ser reparadas por haber sido sometidas a tales actos de violencia, por lo tanto, desde la perspectiva oficial la política para la atención a víctimas se caracteriza por estar formulada bajo el precepto del para todos, lo que significa para todos por igual. La más reciente norma dirigida a mitigar los impactos de la violencia en Colombia es la ley 1448 de 2011” (Moreno y Díaz, 2015, p. 194).
·                    “La ley de víctimas se refiere a la atención como “la acción de dar información, orientación y acompañamiento jurídico y psicosocial a la víctima, con miras a facilitar el acceso y cualificar el ejercicio de los derechos a la verdad, justicia y reparación” (Colombia, 2012, p.36 citado por Moreno y Díaz, 2015, p. 195).
·                    “El enfoque (psicosocial) está orientado al restablecimiento de los derechos vulnerados y la reivindicación de la dignidad de los sujetos afectados por los hechos de victimización” (Moreno y Díaz, 2015, p. 195).
·                    “Considerar a las víctimas como sujetos que no solamente están sufriendo, sino que cuentan con recursos para afrontar su situación actual de vida, lo que implica también reconocer que los hechos de victimización no son el referente estructural que define su situación actual, sino que tienen el valor de variables en una cadena de acontecimientos históricos que constituyen la vida de un sujeto o una comunidad” (Moreno y Díaz, 2015, p. 196).
·                    “En las intervenciones revisadas se hace evidente una tendencia hacia perspectivas que abogan por promover las capacidades de los sujetos y potenciar sus recursos para enfrentar las situaciones. Estas perspectivas se posicionan como una respuesta frente al análisis de experiencias centradas en posturas asistencialistas que perpetúan a las personas en el lugar de víctimas” (Moreno y Díaz, 2015, p. 197).
·                    “Bello (2006a), por ejemplo, propone que la intervención psicosocial incluya elementos que contribuyan a la reconstrucción de la identidad, propiciar la autonomía que permita potencializar sus capacidades de agencia tanto individual como colectiva; favorecer la satisfacción de las necesidades básicas que garanticen su subsistencia, es decir, acciones de protección del Estado; y el despliegue de recursos propios, la activación de redes sociales e institucionales, nuevos lazos y vínculos” (Moreno y Díaz, 2015, p. 201).
·                    “Así las cosas, resaltar la riqueza de los recursos comunitarios ubica a los sujetos posición de agentes y sirve además para reconocer valiosas prácticas para enfrentar el dolor, que deben ser atendidas como guía a seguir con las comunidades (Tovar, 2013). En este sentido, vale la pena reconocer valiosas experiencias comunitarias adelantadas en las que, con sus propios recursos, los sujetos se organizan para hacer frente al dolor” (Moreno y Díaz, 2015, p. 202).
·                    “Pensar el ámbito de la atención psicosocial a víctimas implica considerar que el reconocimiento de un sujeto bajo el estatuto de víctima del conflicto armado es justificable desde la perspectiva de los derechos humanos y la defensa de la dignidad de las personas sometidas a las acciones violentas” (Moreno y Díaz, 2015, p.204).
·                    “La contradicción existente en la categoría víctima, pues sugiere desvalimiento y pasividad, mientras que algunas experiencias de trabajo con personas afectadas por hechos de violencia dan cuenta de la posibilidad de agencia, capacidad de resolución y afrontamiento ante las adversidades. No obstante, como plantea Jaramillo (2006), el rótulo de víctima es el que favorece el reconocimiento por parte del Estado y con ello la posibilidad de recibir la asistencia que éste debe brindar de acuerdo con la ley” (Moreno y Díaz, 2015, p. 205).
·                    “Hay un marcado énfasis en una apuesta por el reconocimiento y la dignificación, como también por el empoderamiento de los sujetos afectados por los hechos de victimización. Ello supone una noción de sujeto capaz de construir, a partir de sus propios recursos, las formas de hacer frente a las dificultades que ha tenido que enfrentar como consecuencia de la violencia” (Moreno y Díaz, 2015, p. 207).

Análisis:

Para pensar la formación social de lo humano desde las víctimas del conflicto armado colombiano, se propone trabajar los hallazgos encontrados por Franco (2016) en relación con las fronteras simbólicas trabajadas desde la guerra desde una perspectiva de las víctimas y los hallazgos de Moreno y Díaz (2015) donde se pueden identificar procesos psicosociales en las víctimas del conflicto armado. Se busca durante esta parte del documento crear una discusión en torno a estos hallazgos en relación con la teoría de las relaciones de poder desde Foucault (1991) y la comprensión del otro desde Lévinas a partir de Aguirre y Jaramillo (2006).
Para comenzar a entender el conflicto como construcción del ser humano de las víctimas, debemos dar una primera mirada a la situación actual de Colombia, más de siete millones de personas han sido víctimas del conflicto colombiano, estos se pueden resumir en
            abandono o despojo forzado de tierras, actos terroristas, atentados, combates, hostigamientos, delitos contra la libertad y la integridad sexual, desaparición forzada, desplazamiento, homicidio, secuestro, tortura, vinculación de niños, niñas y adolescentes al conflicto y daños por minas antipersonal, munición sin explotar y artefactos explosivos improvisados (Franco, 2016, p. 37).

Como se puede apreciar, no son simples actos aversivos, son conductas que se han convertido en prácticas culturales por parte de los grupos armados para ejercer un control primario y fundamental sobre la conducta. Se hace eco de técnicas de control social e individual, se usa el aversivo más fuerte, la muerte, y con esta, se convierte al resto de los individuos en sujetos sometidos al control de los otros, y es que tal como lo dice Foucault (1991), todos ejercemos poder y todos lo padecemos, solo existen diferentes niveles en los cuales se da el poder, y en las víctimas, el poder ejercido se da en muy pocas ocasiones, como en San José de Apartadó.
Es por ello que mediante leyes y legislaciones se intenta crear un tipo de contrapoder “verídico” que permitan que las víctimas no se dejen comer completamente por un discurso y un padecimiento del poder, por tanto se expiden leyes como la Ley de víctimas y restitución de tierras, la cual busca, en resumidas cuentas, reparar a las víctimas del conflicto, “reivindicando la dignidad humana y asumir la ciudadanía plena de las víctimas” (Franco, 2016, p. 37).  Pero nuevamente entramos en el plano de lo discursivo, lugar imaginario en el que las víctimas ven la verdad como la construcción social que legitima la estructura del poder, pues si bien han “logrado” salir del programa aversivo al que han sido sometidos, este no se queda ahí, y la reivindicación estatal comienza a ser su nuevo instaurador de relaciones de dominancia Estado-víctimas.
La legitimación discursiva, al mayor estilo de dominancia, legitima dicha verdad y derechos como la ilusión de que nadie está por encima del Estado de derecho, el leviatán está donde siempre ha tenido que estar, el hombre solo hace uso de sus recursos para solventar sus beneficios, pero estos beneficios pasan de largo a las víctimas, las cuales escuchan verbalizaciones de “enfoque diferencial”, en el que se busca crear un vislumbrar de lo particular, de lo idiosincrático, un acercamiento individualizado que busca que el individuo sienta justa y cómoda la dominancia.
El intento de dar solución a esta problemática fue la búsqueda de entender las dinámicas del poder expresadas en el contexto, dinámicas de poder político y cultural; por ello se buscó el acercamiento integral de las víctimas y los funcionarios del Estado (Franco, 2016).  Y es que, como ya habíamos logrado evidenciar en el trabajo de Ortega (2014), la función de la verdad es completamente necesaria para el proceso de resiliencia, que es el primer paso para la reconstrucción de las víctimas.
            La verdad es fundamental, pues permite la reunión de narraciones, lo cual da paso a la construcción de memoria colectiva, permitiendo [...] el cumplimiento de las garantías de no repetición, [...] contribuye a que la memoria sea un elemento que da sentido a los procesos de verdad (Ortega, 2015, p. 24).

 No obstante, el jugar con estas situaciones hace parte del proceso de ejercer el poder, ni darlo todo ni no dar nada, se entra en programas intermitentes en el que, tal como nos dice Foucault, el individuo se convierte en sujeto se somete a sí mismo a lo que le dicen para construir su propia identidad; es por ello que  se juega, para controlar, para influir y manipular la conducta individualizada. Verbigracia, podemos encontrar que se  
            Evidenció que las experiencias de sufrimiento de las víctimas estaban atravesadas por la acción de profesionales y actores burocráticos que, en varios de los casos, parecían neutralizar las prácticas de las personas, ya fuera en el marco de esperas interminables que dejaban en la incertidumbre “las indemnizaciones” o “el registro en el sistema”, de desencuentros semánticos entre víctimas y profesionales que imposibilitaban la realización de un trámite para acceder a unos derechos, o de la implementación de intervenciones que no se correspondían con las necesidades vividas localmente y que, por el contrario, acarreaban efectos adversos (Franco, 2016, pp. 38-39).

Tal como hemos definido anteriormente, esta ejecución del poder se base en el uso del discurso y el lenguaje, tal como Lévinas (citado por Aguirre y Jaramillo, 2006) nos planteará con una aplicativa de acercamiento, pero este sencillamente no se puede dar en la gran mayoría de los casos, pues no se quiere un “entender” sino una práctica de dominancia, y cuando no podemos ponernos en los zapatos de los demás no podremos nunca estar en la misma semántica. Así como nos lo expresa la antropóloga Alcida Rita Ramos, parafraseando a Emiko Ohnuki-Tierney, “los desencuentros semánticos son un aspecto de las relaciones intensamente desiguales del campo interétnico que le dan forma a la comunicación imperfecta” (Franco, 2016, p. 42). Es este uso del lenguaje, como lo plantea Wittgenstein (Bosso, n.e), en el que se dan juegos de lenguaje que serán la herramienta predominante en las ejecuciones de control expresadas por Foucault (1991).
Este desencuentro choca contra la búsqueda ideal para las víctimas, su reconstrucción, su nueva construcción, el superar, el salirse de la zona de control y dominancia a la cual se ha visto ligada durante mucho tiempo, en el que se empieza a vislumbrar sentimientos de NO MÁS, pero los que han de ayudar se dejan llevar por sus propias prácticas de poder al cual han sido sometidos, y como contracontrol[1] chocan contra sus subordinados, en una pirámide de control y necesidad de poder, por ello no se pierde solamente la concepción del ser humano de las víctimas, sino que se pierde también la de quienes intentan ayudar; esto se representa en  “dos fracturas (…).  La primera se vincula con la ausencia de “diálogo” entre las medidas estatales y “las necesidades reales de las personas”; y la segunda, con la carencia de un “objetivo común” y de coordinación entre las entidades del Estado” (Franco, 2016, p. 44).
La concepción de poder desde Foucault (1991) y la legitimación del discurso que se sustenta desde Wittgenstein (Bosso, n.e) y Hayes (O'Donohue & Kitchener, 1999) hace que evidenciemos una construcción de frontera en la consecución y planeamiento del ejercicio de la dominancia, por tanto el poder y su ejecución está construida en las bases de la diferencia de estas capacidades de ejecutar el accionar de control e influencia, y tal como se expresa en el ámbito de las víctimas en Colombia, “esto ocurre no solo porque se da por sentada una identidad compartida, sino porque se asume la legitimidad de unas formas de existencia sobre otras” (Franco, 2016, pp. 46-47).
Ahora bien,  para comprender el papel de las víctimas dentro del conflicto armado y además generar una discusión acerca de su reivindicación, es necesario comprender las nociones del otro y cómo esté otro nos constituye y nos construye, ese otro que Lévinas (citado por Aguirre y Jaramillo, 2006) permitirá entender como infinitud, como absoluto, como parte de nosotros. Moreno y Díaz (2015) mencionan en su texto que las acciones dirigidas a las víctimas necesitan de la reivindicación de la dignidad que se les destruyó en las acciones violentas y dentro de ese proceso varias personas, comunidades y entidades pueden colaborar. Es este escenario de múltiples ayudas y esfuerzos donde el país es capaz de actuar como unidad y darle una oportunidad a la víctima de recuperarse de la tragedia de la guerra, por medio del reconocimiento del otro, permite un proceso de cumplimiento de derechos para la recuperación de los sujetos afectados por el conflicto; en dicho proceso, entonces, se identifica: el otro como ayudante y el otro víctima que necesita de nuestros esfuerzos y comprensión.
También, es necesario tener en cuenta que esta convergencia de ayuda de diferentes actores debe darse en un reconocimiento a la víctima como legitimo otro que necesita testificarse por medio de la experiencia, es decir cara a cara, al fin de dar lugar a un encuentro de relación yo – otro (Aguirre y Jaramillo, 2006,  P. 11). Esto permitirá que se dé una mirada no de lastima sino de compasión y colaboración sobre la víctima; además de comprendérsele como ser humano que siente, piensa y vive en relación y desde de allí iniciar el proceso de reparación. De esta manera, el resultado esperado será la evitación de narrativas que refuercen la victimización y la búsqueda del reconocimiento de la víctima sobre sus propias habilidades y recursos que le permitirán resignificarse y volver a tomar el control de su vida  (Moreno y Díaz, 2015).
Para poder cumplir lo anteriormente dicho, Moreno y Díaz (2015) han reconocido unas estrategias colectivas de trabajo donde la constitución de grupos permite un fortalecimiento de recursos de afrontamiento a la víctima desde una perspectiva relacional. Así por medio de la otredad, la víctima se resignifica, se reconstruye y emprende nuevos caminos de socialización dentro de su historia de vida. Es así como se puede reconocer en la otredad un recurso valiosísimo para la construcción de lo humano desde la mirada de las víctimas.
Dentro de la comprensión del trabajo de Moreno y Díaz (2015) es necesario reconocer la importancia y el valor que pueden tener las intervenciones psicosociales como parte del proceso de dignificación de la víctima así como de su reconstitución y resignificación. En este panorama, es posible identificar la importancia que se da al otro como persona capaz de colaborar, no solo en la reconstrucción dela víctima después del trauma que genera la violencia sino además en su formación total como ser humano, a fin de no reducir la víctima a la parte de su historia donde vivió la guerra sino por el contrario resaltar que su historia, su vida y su construcción humana es mucho más amplia; pues dentro de las consecuencias que la guerra deja en la víctima se debe separar el sujeto del hecho traumático u objeto, así el hecho traumático no totalizara lo que es el sujeto, sino que a pesar de que el objeto afecte al sujeto la esencia del ser se mantiene (Aguirre y Jaramillo, 2006). En estos procesos psicosociales, la tarea del psicólogo necesita de la conciencia de la importancia de conocer y legitimar al otro que va a ayudar, de la importancia de comprender sus formas de relación, de solución de problemas a fin de crear alternativas que contribuyan a las necesidades que la víctima o la comunidad victimizada requiere  (Díaz, Arias y Lasso, 2010, Citado por Moreno y Díaz, 2015, P. 201).
Cabe resaltar que una de las estrategias más eficaces en esta resignificación de la víctima, es la memoria colectiva (que también está involucrada con la alteridad y la colaboración del otro), dicha memoria es uno de los trabajos más destacados dentro de la ayuda psicosocial, esto además se hace evidente en el trabajo de Godoy (2014) antes mencionado, donde una de las reparaciones más importantes tiene que ver con la verdad que se crea a partir de las memorias colectivas.
Con todo lo anteriormente dicho, es evidente una clara relación entre la alteridad que Lévinas (citado por Aguirre y Jaramillo, 2006) trabaja y que permite comprender la formación social de lo humano, frente a la reparación de las víctimas y la comprensión de ellas, así como la participación de los demás en  estos procesos. Pues el otro permite que la víctima sea capaz de recuperarse, de transformar las relaciones de poder por las que pudo quedar marcada a través de la violencia, de resignificar su vida  y los traumas que las acciones violentas dejaron en su historia. Y es así como podemos comprender que  “todas las personas pueden hacer algo frente al sufrimiento de los otros” (Unidad para las víctimas, 2014b citado por Moreno y Díaz, 2015, p. 11).  


Referencias 
Aguirre, J., & Jaramillo, L. (Julio-diciembre 2006). "El Otro en Levinás: una salida a una encrucijada sujeto-objeto y su pertinencia en las ciencias sociales". Revista Latinoamericana en Ciencias Sociales y Juventud, 4(2), 1-17.
Bosso, C. (n.e), Desde Wittgenstein, una nueva perspetiva para pensar lo humano. UNT-CEW. 
Dussel, E. (2013) vídeo: “Otra mirada sobre la historia universal”: Enrique Dussel, Filosofía política en América Latina hoy. Universidad Andina Simón Bolívar, sede Ecuador
Foucault, M. (1991). El sujeto y el poder. En El sujeto y el poder (págs. pp.51-69). Bogotá: Carpe Diem Ediciones.
Franco, A. (2016). "Fronteras simbólicas entre expertos y víctimas de la guerra en Colombia". Rev. Antropol. Arqueol., 35-53.
Geertz, C. (1989). "El impacto del concepto de cultura en el concepto de hombre". En La interpretación de las culturas, pp.43-59, Barcelona: Gedisa.
Godoy Ortega, Y. M. (2014), Desaparición forzada y reparación una mirada a las reparaciones desde la perspectiva de las víctimas organizadas, el caso Asfaddes [trabajo de grado], Pontificia Universidad Javeriana, Carrera de Ciencia Política. PP. 147, Bogotá, Colombia.
 Moreno, M., & Díaz, M. (2015). Posturas en la atención psicosocial a víctimas del conflicto armado en Colombia. AGO.USB, 193-213.
O'Donohue, W. & Kitchener, R. (1999). Handbook of Behaviorism. Londres: Academic Press.
Skinner, B. F. (1974). About behaviorism. New York: Knopf